El difunto que regresó solo a casa.

Muchos críticos afirman que las coincidencias son nada más y, nada menos que un mecanismo de la conciencia humana. Según ellos, incidentes separados flotan simplemente hasta la superficie de nuestra conciencia, donde son percibidos y transformados en coincidencias. En otras palabras, nos acordamos de las llamadas coincidencias, pero nos olvidamos de una cantidad muy grande de otras instancias que no tienen ninguna conexión obvia.

¿Qué debemos decir entonces sobre el curioso ataúd de Charles Coughlan?. Nacido en la provincia canadiense de la isla del Príncipe Eduardo, en el litoral noreste, a finales del siglo XIX, Charles estaba en Galveston, joya de la bahía de Texas, en el golfo de México, trabajando con un grupo itinerante de actores para ganar su sustento. El año era 1899. Coughlan cayó enfermo y murió, tal vez debido a una de las fiebres tropicales que pasaban en aquella época, antes del advenimiento de las autopsias.

Charles Coughlan fue colocado en aquel que, supuestamente, sería su lugar de descanso perpetuo, un ataúd revestido de plomo enterrado en el cementerio de la comunidad. Pero en esa época Galveston, tal vez la más poblada y próspera ciudad de Texas, estaba construida sobre una gran región arenosa, que era vulnerable tanto a huracanes y maremotos.

El 8 de septiembre de 1900, vientos de 160 km/h soplaron una verdadera pared de agua hacia la ciudad, sumergiendo todo, con excepción de las estructuras más elevadas. La ciudad fue totalmente destruida. Alrededor de 6 a 8 mil personas murieron ahogadas, y sus cuerpos fueron llevados por las aguas en su retirada hacia alta mar.

Ni siquiera los muertos ya enterrados escaparon ilesos. En los cementerios, invadidos violentamente por olas sucesivas, los ataúdes fueron arrancados de sus tumbas y comenzaron a flotar lejos con la marea. Durante ocho años, el cadáver de Charles Coughlan, protegido por el ataúd de plomo, flotó en las aguas tibias de la corriente del Golfo. Finalmente, circundó la punta de arrecifes de la Florida y llegó al Atlántico, donde las corrientes marítimas lo llevaron hacia el norte, pasando por los Estados de Carolina del Sur, del Norte y la costa de Nueva Inglaterra.

En octubre de 1908, un pequeño barco pesquero a la altura de la isla del Príncipe Eduardo, avistó el ataúd dañado que era llevado por la marea. Con la ayuda de un garfio, la tripulación logro alzarlo hasta cubierta. Una pequeña placa de cobre indicaba el contenido de aquel ataúd ya desgastado por la acción del tiempo y de las aguas.

El ataúd fue llevado a la playa a menos de 2 kilómetros de distancia de la pequeña iglesia donde Coughlan había recibido su bautismo. Sus restos mortales fueron sacados del mar y enterrados nuevamente, exactamente donde su viaje había comenzado, años y kilómetros antes.